Día mundial del ICTUS 2018. Primeros síntomas. No lo voy a permitir. Mi experiencia.

Con 27 años es posible verse reflejado en otro rostro, con otras aptitudes y temores. Así, de golpe y porrazo y con demasiada prisa cuando a esa edad parece que vamos a ser eternamente jóvenes. La enfermedad, algo a lo que a mis 27 años solo eran tortícolis mañaneras, algún catarro, bajón y/o alguna rozadura porque me empeñaba en ponerme tacón cuando no los soporto, se convirtió en un Ictus. No entraba dentro de mis planes intentar sobrevivir a una tormenta así en mi cabeza.

Os cuento mi experiencia completa ahora porque necesito que la gente conozca la importancia de los primeros síntomas de un Ictus. Las primeras horas son fundamentales para el buen desarrollo. También porque cada vez somos más los jóvenes que sufrimos esta afectación y que luchamos por continuar con una vida que apenas hemos comenzado. Los primeros síntomas pueden variar de unas personas a otras, saber reconocerlo puede ser fácil o difícil y lo importante es que a la más mínima duda vayan de inmediato a un hospital. Vaya por delante que no creo que por colgarnos lacitos de colores una vez al año vayamos a conseguir que se curen las enfermedades, sino más bien, deberíamos pedir todos los días más colaboración a los gobiernos con mejores presupuestos sanitarios e investigación. En este país tenemos grandísimos profesionales que con un poquito más harían mucho bueno.

A las 11:00 de la mañana del día 9 de Julio de 2012, tuve un repentino, fuerte y despiadado dolor de cabeza. El peor dolor de cabeza de mi vida, de hecho, en ese momento ya pensé que no era normal. Si es verdad que tenía un nivel de estrés bastante alto: un cambio en mi puesto de trabajo, un viaje sin nada preparado (con lo colocadita que soy yo) y me precedían unos días con bastante cansancio. A este dolor le siguieron unas ganas tremendas de vomitar del mareo y seguido, decidí tumbarme porque no podía casi moverme. Me entraba un hilo de luz por la ventana que me molestaba horrores. Recuerdo como si fuera ahora, que durante todo el proceso hasta el hospital la luz me hizo sufrir muchísimo. Recostada comencé a quedarme dormida, tiempo después me dijeron que estuve a punto de entrar en coma porque perdí el conocimiento durante dos horas, hasta que mi pareja me llamó y abrí los ojos a la 1 del mediodía..

Peleé para levantarme del sofá y no entendíamos ni él, ni yo, con todo lo que tenía que hacer ese día, cómo estaba tumbada a la una del mediodía. Le comenté que me dolía la cabeza y comencé a vomitar. Como yo soy muy “formalita”, me duché, me cambié de ropa y me dirigí al metro junto a mi compañera a una reunión de trabajo. Si no hubiese sido por ella no hubiese llegado a ningún lugar en ese momento. No recuerdo el trayecto con claridad. Es angustioso. Los cambios de intensidad de la luz me estaban matando, no quise quejarme más de lo normal porque jamás imaginé que estuviera teniendo un derrame cerebral. 

En la sala de un despacho, en una reunión con cinco personas deje de ver, de escuchar con claridad, me costaba respirar y el cuello se me quedó rígido. Sentí una sensación extraña y tremendamente dolorosa que ya me hizo sospechar que no estaba ante un simple síntoma premenstrual o migrañoso, sino que iba a ir más allá.

Media hora antes de salir de casa le dije a mi pareja: me voy a una reunión, ten el móvil a mano porque algo me ocurre y no es bueno. No olvidaremos jamás esas palabras. Una frase que me salvó la vida; mi pareja supo recoger el mensaje al dedillo. Le hice una llamada desde el trabajo y en menos de un cuarto de hora ya estaba sentada en el Ibiza camino del hospital más próximo. Habían pasado 6 horas desde la rotura del aneurisma, suficientes como para haberme reventado por dentro totalmente, pero mi vida no quiso apagarse en ese sofá, ni en el metro, ni en un despacho; mi cuerpo aguantó con fuerza todo lo que pudo hasta el hospital. Formalito y en pie hasta el final.

Llegamos al primer hospital y nunca olvidaré este momento, lo tengo grabado en mi memoria cada vez que recuerdo aquel día porque esa si, esa fue mi salvación. En la recepción del hospital se encontraban tres enfermeras encargadas del triaje, me miraron, si, y me miraron muy adentro. Casi me miraron el alma. Apoyada como podía en el mostrador, cabizbaja por las molestias que me provocaba la luz y con las dos manos sujetándome la cabeza, escuche a mi pareja decir que habíamos ido porque me dolía la cabeza y tenía ganas de vomitar. Me mandaron amablemente a la sala de espera. Una vez allí miré como pude a mi alrededor, me cegaba la luz, cada vez era más insoportable, pero alcance a ver una sala de espera hasta la coronilla de gente. Incluso, frente a mí estaba una mujer muy embarazada, sola, respirando profundamente con dolor. Me miró y yo pensé: ánimo guapa, tú estás peor, ¿no?.

Le dije a mi pareja algo que jamás olvidaremos: o me atienden rápido o me muero, siento que me muero. 

Pasaron apenas dos minutos, y escuchamos una voz que dijo: “señorita formalita”, pase por la sala uno. No me lo podía creer, la sala llena de personas que seguramente llevarán bastante tiempo esperando y me mandan pasar nada más llegar. Cuando entré en la consulta el médico de urgencias me mandó sentar frente a él, le explique los síntomas y él me miró las pupilas, me mandó mover el cuello de un lado para otro y me pidió que caminara, y yo, a esas alturas ni aún siendo todo lo “formalita” del mundo no pude levantarme de la silla de ruedas, imposible; estaba demasiado mareada. Me hicieron una Rx de urgencia allí mismo y me diagnosticaron una hemorragia cerebral y desde ese momento, ni en los próximos días, mencionaron la palabra ictus delante de mí jamás, supongo que por miedo al impacto que nos puede causar dicha palabra. Quiero decir con esto, que la importancia de saber reconocer un ictus a tiempo pasa por la recepción de urgencias de un hospital o centro de salud. Fueron rápidas conmigo, supieron reconocer mi urgencia aún estando hasta arriba de pacientes. Para mi no solo son buenos profesionales, posiblemente tenga la capacidad que conservo hoy en día, gracias a la recepción y al servicio médico de urgencias del hospital de San Eloy en Barakaldo y al hospital de Cruces.

Morfina que te crió y ambulancia camino al hospital de Cruces (Barakaldo), a la UCI, donde nunca jamás pienso volver. El peor/mejor lugar del mundo para mí. Y yo que me iba al día siguiente de vacaciones a Matilla de los caños del río (Salamanca), mi pueblo… Y preocupada por maletas y por contratos de trabajo…

Seis años después estoy a las puertas de tener el alta de Radiología intervencionista. Secuelas mínimas, pero no tan mínimas para mí que he conocido la vida fuera de un daño cerebral. Ha sido un giro inesperado en mi vida sin pedirme permiso, ni avisar, ni siquiera puedo llamarlo sorpresa. Una nube en mi mente me nubló durante los primeros meses post ictus, no era consciente de lo que me había ocurrido gracias a los rescates de la santa morfina que me “chutaban” de vez en cuando para parar el tremendo dolor de cabeza. Hasta que llegó el momento de tomar conciencia y de recurrir a la cabalidad que siempre he tenido.

A mis 27 años sufrí una Hemorragia subaranoidea en el hemisferio izquierdo del cerebro, provocada por un aneurisma congénito que había estado acompañándome 27 años. Reventó esa mañana por el estrés y el agotamiento. Lo bueno que tiene saber el por qué, es que ya no me vuelve a pasar.

Me dijeron en la UCI que jamás volvería a ser la misma persona. Me costó entenderlo y es cierto. No lo soy, Algo dentro de mí es distinto, más fuerte, con el carácter huraño e introvertido de siempre, pero con una tonalidad más explosiva y dura en algunos momentos. Antes no me conocía, ahora me conozco perfectamente con base al análisis que yo misma me he hecho durante estos años de rehabilitación. Me he pegado a los libros y a este blog por miedo a perder mi lenguaje y mi expresión, me he guardado para mis adentros el dolor, la rabia y la impotencia que provoca un estado así. Pero todos estos momentos han sido buenos para mi, los necesitaba para deshacerme de la furia y del sentimiento de enfermedad; de perdida de trabajo y de perdida de salud. Necesitaba agriarme para salir a flote. Y lo logré, puedo decirlo. Mi mente ha sido fuerte y ha jugado el papel más importante durante esta recuperación para sentirme bien.

Una sombra mal puesta, una puerta mal cerrada e incluso el sol, me hacen recordar que en un tiempo pasado yo tenía la capacidad de mirar al cielo sin que los rayos del sol me cegaran casi por completo. Un giro, un movimiento y mi cuerpo me recuerda que algo ha pasado por encima de mi intentando mermar mis capacidades. Un Ictus en el mejor/peor año de mi vida quiso que cambiase el rumbo de mi vida, pero mi camino no se toca, mis metas son las mismas seis años después porque pienso retomar mi camino no dónde lo dejé, sino más allá, a mejor porque lo necesito.

He buceado por aguas cambiantes durante todo este proceso, la realidad no es nada fácil: es dura y con mil matices. Y orgullosa de mis logros miro atrás, pero la senda pasada ha sido muy dura y casi eterna.

No es fácil tomar la decisión de ser madre después de un ictus. Hay que valorar mil opciones, mil posibilidades e incluso rascar entre el destino en el que no crees, entre la sensatez e incluso, entre opiniones de médicos, neurocirujanos, neurólogos, etc. La cabeza te da un vuelco otra vez más porque no sabes si serás capaz, si te querrán tal y como eres. He despejado ya mis dudas y es que si. Si he sido capaz. Soy capaz y seguiré siéndolo; un bebé de 16 meses fuerte y sano como un roble me lo recuerda cada día. Me quiere. Lo quiero. Me necesita, pero yo más a él. Y como digo en la entrada del blog, no lo voy a permitir. No me voy a alejar de él. Voy a seguir por aquí y por allá, “formalita” y dando toda la guerra que pueda. Despertando cada mañana en casa, con mi hijo y sin estrés ni agobios porque la vida pasa demasiado deprisa. Voy a disfrutar de él todo lo que pueda.

Y hablando de agradecimientos y aprovechando que la “charla” ha sido larga, agradezco infinitamente a todas las personas que han estado a mi lado estos años: a mi familia, amigos, a Cristina, que me tendió su mano en ese despacho y que no dudó en salir conmigo de esa reunión para ayudarme. Claramente al hospital de San Eloy (Barakaldo) por detectar un ictus en tiempo más que record y al hospital docente de Cruces en Barakaldo por todos estos años, por salvarme la vida y ayudarme a dar a luz a mi hijo de forma natural, y sin entrar en pánico.

Sabemos quienes somos en realidad aunque todo parezca cambiar después de una mala experiencia. Ni siquiera el agua hirviendo arranca a jirones nuestra esencia. Parece que nada ha cambiado, pero si, todo puede cambiar a mejor.

Sheyla HA

Muchos besos.

Lazo naranja ictus: La red le ayudará.

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