Isabel Allende: “El instinto me dice si algo queda demasiado triste o largo”

 

Feria del Libro 2015

“Es como una madre para mí; aceptó el manuscrito de esa pobre diabla, a la que no conocía de nada, que lo había hecho con su máquina portátil, en la cocina; todo lleno de manchas de café y de tachaduras y de borrones con tippex de los de papel, y que había apellidado al villano como mi padre, Bilbaire, que cambié porque mi madre me lo pidió; en fin… Y va y se lo vende a Plaza & Janés nada menos que en un pack con… Graham Greene; y luego hizo una recepción por todo lo alto, con caviar y grandes literatos, espléndida como si fuera Cleopatra…”. Era el año 1982 y así recuerda hoy aquella “diabla”, Isabel Allende (Lima, 1942), su debut en la literatura, una historia, La casa de los espíritus, que dejó en manos de la agente Carmen Balcells. 43 años y 65 millones de ejemplares de todas sus obras después la escritora viva en lengua española más leída del mundo le entregó hace apenas unos meses el original de su 21ª novela, El amante japonés (Plaza & Janés; Rosa dels Vents en catalán), que ahora aparece en plena Feria del Libro de Madrid y que pronto lo hará en inglés.

“Son dos historias de amor que se entrecruzan: la de una pareja joven y la de una pareja vieja, vista ésta con la distancia generacional que comporta la mirada de la gente joven… La vejez es deprimente, por más que la poetices”, resume Allende su nueva novela tras los casi cuatro años de silencio desde El cuaderno de Maya, si no se contabiliza su primera incursión en el género policíaco: El juego de Ripper, de 2014.

Tampoco quiere ni ha deconstruido aún del todo bien qué más decir de su nueva obra, como le ha ocurrido siempre, tocada por ese don de escribir innato, que le permite no haber hecho nunca un guion previo de la obra que aborda. “La ficción es orgánica para mí; empiezo a escribir y muy a menudo me meto en un callejón sin salida”. Y ahí entra el misterio: “Entonces releo en voz alta y el instinto me dice si me queda demasiado triste, largo o deprimente… Y entonces coloco tres adjetivos en ese párrafo y éste cambia de color, con un mínimo ajuste, como si fuera bisutería: pongo palabras como tanteando, deslizando piedrecillas”.

Solo me importan, como escritora y como persona,

las pasiones

Sí sigue El amante japonés con esa tendencia de las últimas obras de Allende de economizar adjetivos, influencia en parte de “vivir en inglés” (Allende está afincada en San Francisco desde 1988 y su actual marido es el escritor “gringo” William Gordon) y de los nuevos tiempos: ”Vivimos en un mundo mucho más audiovisual que cuando empecé, con comunicaciones instantáneas y una capacidad de atención de la gente más limitada; lo hiperbólico está hoy de más y busco más que nunca una manera de contar las cosas más sencilla; lo que corto son adjetivos y hago que el diálogo sea lo más coloquial y breve posible… Ya nadie escribe como Cervantes, sus parámetros no sirven en esta época”.

A lo que sí que no está dispuesta a renunciar en su obra la autora de De amor y de sombra es a las emociones y al sentimiento como motor de la misma: “Lo único que me importa, como escritora y como persona, son las pasiones, que son lo que mueven la vida y el mundo; en EEUU están muy encorsetados por lo racional: ¡qué limitación un mundo donde sólo se acepta lo que entiendes y controlas y compras y vendes!; si te limitas a lo racional, a la literatura le quitas vida, dinamismo…”. Y esa creencia es la que explica que, aunque se la haya clasificado como la escritora del postBoom, mantenga de aquellos un punto siempre de realismo mágico, algo no muy alejado de su propia experiencia. “Tengo sueños premonitorios; o más de una vez, a las tres de la mañana, he notado una presencia al lado de mi cama, un reflejo verde… Y decides que no quieres mirar, porque si prendes la luz… Hay cosas milagrosas, extrañas, en la vida y cuantas más haya en la tuya más rica es; en verdad, es un regalo, tu existencia cobra una dimensión más completa. Mi problema es que si acepto que a veces puedo leer la mente se me asusta el gringo…”, bromea.

Tendría pocos motivos, en el fondo, la autora chilena para reír. Nacida en Lima (1942) de padre diplomático que abandonó a su esposa con sus tres hijos, la sobrina del presidente asesinado Salvador Allende marchó al exilio, vivió un duro divorcio no ajeno del todo a su éxito como escritora y en 1992 vio morir a su hija Paula de 28 años tras un una enfermedad que la sumió en un coma. Tienen pues mérito su entereza, simpatía y una brizna de humor, de esperanza, que rezuman también sus libros. “Siempre hay un punto de redención en la vida que he intentado reflejar en mi obra; uno no puede controlar todo lo que le pasa. Además, vengo de una familia depresiva: una abuela vasca murió de melancolía; la depresión es paralizante: lo vi en mi madre…”.

Tengo sueños premonitorios… Hay cosas milagrosas, extrañas, en la vida; en verdad, es un regalo, tu existencia cobra una dimensión más completa

Recuerda nítidamente hoy el origen de esa angustia por la impotencia ante el dolor que sufrió mucho tiempo: “A los cinco años era una niña ya rebelde, taimada, furiosa, fruto de la situación que vivió mi madre abandonada y del patriarcado que nos envolvía. Sé del momento preciso de mi rebeldía: un día que mi madre me hizo tejer con las piernas juntas, mientras veía por la ventana a mis hermanos sentados a horcajadas en un árbol: mi destino estaba limitado por ser mujer; ahí me rebelé contra toda forma de autoridad”.

De aquellas experiencias ha quedado, entre muchas cosas en la vida y la cabeza de la escritora, su fundación de ayuda a mujeres y niños en temas educativos y de salud y un compromiso sociopolítico que la hace pronunciarse sin tapujos sobre cualquier tema, como la violencia en América Latina. “No es un problema de México y seguramente ya tampoco del continente. Lo único que ha hecho el narco es montarse en la cima de una violencia por la que la civilización siente ya pura fascinación y que ha llegado hasta los videojuegos; se ha desbordado: la droga, el tráfico de mujeres y el crimen ya forman parte de la cultura mundial, es un conflicto global que no se resolverá si no es con el concurso de todas las naciones”.

En esa línea, la crisis de Grecia “tenía que suceder, el sistema apretó tanto las clavijas que… A mi hay un punto que me recuerda a lo que sucedió con Allende en Chile en 1970, un movimiento de base que ha sacudido los cimientos de una sociedad tras una crisis que ahora ha dejado una clase media reventada; el fundamentalismo religioso no deja de ser una variante de esta situación insostenible de unos jóvenes que no tienen nada: ¿Cómo pescó el nazismo?”. Se detiene un segundo y prosigue: “Crecemos en democracias compradas por un 1% de la población que tiene todos los recursos de dinero y poder, pero no siempre ganan porque a veces sale un Barack Obama”, suelta citando al presidente de EEUU, que a finales del pasado noviembre impuso a la escritora la selecta Medalla de la Libertad. “Es difícil que salga un presidente republicano en EEUU en las próximas elecciones; Obama es un hito: los blancos del sur le odian sólo por el hecho de ser negro; es un príncipe; marcó algo irreversible, igual que ha hecho Michelle Bachelet en Chile: mujer, madre soltera, socialista, atea…”.

Han pasado apenas dos meses, pero Allende, cartesiana, arrancó el 8 de enero, como siempre desde su primera novela, la que será su 22ª obra. “Es por disciplina: necesito tiempo para la fundación y los compromisos y para escribir. Bueno… y también es superstición”, acaba admitiendo, con un deje aun de esa niña taimada de los cinco años.

Vía el Pais

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